Queridos hermanos y hermanas, ¡buen día!
En el evan gelio de este domingo, encontramos una invitación de
Jesús, dice así: 'Vengan a mi todos ustedes que están cansados y
opresos, y Yo les daré alivio'.
Cuando Jesús decía esto, tenía delante de sus ojos a las personas que
encontraba cada día por las calles de Galilea, tanta gente simple,
pobres, enfermos, pecadores, marginados. Esta gente lo seguía para
escuchar su palabra que daba esperanza. Las palabras de Jesús dan
siempre esperanza. Y también para tocar aunque fuera solamente el borde
de su vestido. El mismo Jesús buscaba a estas muchedumbres, cansadas,
acabadas, como ovejas sin pastor. Así lo dice Él, y las buscaba para
anunciarles el Reino de Dios, y para curar a muchos en el cuerpo y en el
espíritu.
Les llama a todos a sí, vengan todos a mí, y les promete alivio y
consolación. Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días
para llegar a tantos hermanos y hermanas oprimidos por las condiciones
de vida precaria, situaciones existenciales difíciles y a veces sin
válidos puntos de referencia. En los países más pobres, pero también en
las periferias de los países más ricos se encuentran tantas personas
cansadas y acabadas debajo del peso insoportable del abandono y de la
indiferencia, ...la indiferencia. Cuanto mal le hace a los necesitados
la indiferencia humana, y peor aún, la de los cristianos.
Al margen de la sociedad, son tantos los hombres y mujeres probados
por la indigencia, pero también por las insatisfacciones de la vida y la
frustración. Tantos se ven obligados a tener que emigrar de su patria,
poniendo en peligro la propia vida, muchos más llevan cada día el peso
de un sistema económico que explota al hombre y le impone un yugo
inpensable que pocos privilegiados no quieren llevar.
A cada uno de estos hijos del Padre que está en el Cielo, Jesús les
repite: “Vengan a mi todos ustedes”. Pero también lo dice a aquellos que
poseen todo y su corazón está vacío. Está vacío, corazón vacío y sin
Dios. También a ellos Jesús le hace esta invitación: “Vengan a mi”, la
invitación de Jesús es a todos. De manera especial para estos que sufren
más. Jesús les promete dar alivio a todos, pero también nos hace una
invitación, que es como un mandamiento: “Tomen el yugo sobre ustedes y
aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón”.
¿En qué consiste el yugo del Señor? En cargar el peso de los otros
con amor fraterno. Una vez recibido el alivio y el confort de Cristo
estamos a su vez llamados a ser consolación y alivio para los hermanos,
con actitudes mansas humildes a imitación del Maestro. La mansedumbre y
humildad del corazón, nos ayudan no solamente a hacernos cargo del peso
de los otros, pero también a no pesar sobre ellos con nuestros puntos de
vista, nuestros juicios, nuestras críticas o nuestra indiferencia.
Invoquemos a María santísima, que acoge bajo su mato a todas las
personas cansadas y acabadas, para que a través de una fe iluminada,
testimoniada con la vida, podamos ser alivio para quienes necesitan
ayuda, ternura y esperanza».
Después de rezar el ángelus, el papa saludó a todos cordialmente
“romanos y peregrinos”, a los fieles de diversas diócesis allí
presentes, como a los de la parroquia de Salzano, en la diócesis de
Treviso, en donde fue párroco Giuseppe Sarto, después papa san Pio X, de
quien se cumplen 100 años de su muerte.
Y también “de manera particular y afectuosa “a todos los pobladores
de la región italiana de Molise, “que ayer me han recibido en su tierra y
también en su corazón”. Y se despidió pidiendo: “no se olviden de rezar
por mí, y lo también lo hago por ustedes”. Y con ya conocido “¡ Buona
doménica e buon pranzo!”.
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